Recuerdo la primera vez que, con 17 años, iba a subir a un barco.
Recuerdo la primera vez que mi madre, con casi 50 años, iba a subir a un barco.
En ambos casos eran barcos de viajeros, con todas las seguridades y con todas las comodidades, lo que no impidió que una cierta dosis de miedo se apoderara de nuestras mentes.
No puedo imaginarme el miedo que pueden tener los ciudadanos del mundo que deciden subirse a una patera, buscando una mejor vida.
Creo que sólo la búsqueda de las otras primaveras que llevan en sus corazones, es capaz de hacerles meterse en esas embarcaciones de muerte.
¡Qué fuerza deben tener esas otras primaveras interiores!.
Tengamos en cuenta que, a aquellos que consiguen llegar a nuestras costas, los que no mueren, o no son detenidos y expulsados, el premio que les ofrecemos, creo que ninguno de nosotros lo aceptaría.
Pongámonos en su lugar, dejamos nuestra tierra, amigos, familia, paisajes, etc. y nos vamos a ¡Intentar comer!. Si no morimos en el intento (desgraciadamente no se trata de una película, es real la frase), nos espera una larga lucha por conseguir un plato caliente, o una cama limpia.
No me quiero extender más, sólo:
¡UN POCO DE COMPRENSIÓN! a la hora de juzgarlos.